01/09/2020
Cada camisa en su percha. La llegada a la ciudad ha sido lenta. El cúmulo de emociones ha convertido la travesía en un duelo abierto.
Nervios, no encuentro la clase; "¿seguro que es aquí?" "Llego tarde, llego tarde"
En el descanso enciendo un cigarrillo liberador, es hora de afrontar el primer encontronazo social dado que no he llegado a mi hora. La gente amable, cercana, simpática; que suerte, tenía miedo, pero que suerte.
Una citación para la ingesta moderada de zumo de cebada me alegra los oídos. Espuma, viento y desconocidos, la verdad es que me siento cómodo. Pamplona es una ciudad cómoda, así recogidika, llena de buena gente y muchos bares, un clima de melancolía aliñado en fiesta. Y es que, que esperar de una ciudad cuyos habitantes esperan impacientemente el regreso de una tan señalada fecha como son los San Fermines.
He discernido entre dos tipos, muy generales, de personas entre la gente de la que me he rodeado; en primer lugar están los más que acostumbrados autóctonos, viven en su salsa, conocen las calles, las gentes y los garitos más baratos de la ciudad. Al ser el primer día vienen varios que ya se conocían. Son ellos los que dirigen la conversación y los que han organizado esta reunión en la que me encuentro. En segundo lugar estamos los que venimos de fuera. Se nos ve de lejos, los acentos, las pintas, los modismos, los nervios se concentran en el ambiente componiendo una amalgama de variopintos disfraces. Siempre hay uno con el que te llevas mejor.
Y así se lleva a cabo la prueba personal de selección donde por diferentes motivos, que desconozco, cada uno forma su kuadrilla y plantea su ambientación y proyección del curso.


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